La política posverdadera fomenta la ignorancia y el prejuicio

mentiras (1).jpgEl fenómeno de la política posverdadera, esa cultura política que prioriza las emociones y las preferencias morales e ideológicas de las personas por encima de criterios de verdad, autocrítica y falsabilidad, es una prueba más de que la sociedad contemporánea se está haciendo cada vez más irracionalista. Cada quien ve en los hechos lo que desea ver y no hay una búsqueda deliberada de verdades contrastables. Cada vez se hace más aceptable articular discursos políticos sobre la base de premisas falsas a las que se llegó a través de medios reñidos con las actitudes racionalistas hacia la verdad. Se ha naturalizado la práctica de mentir en nombre de causas justas (para sacar provecho de ellas) o rehusarse a ver la realidad en su nombre, y eso en lugar de permitirnos avanzar hacia sus fines nos aleja de ellos.

Como consecuencia de la crisis de la ciencia, el relativismo ontológico desplazó al realismo en tanto base de la política democrática. El rechazo a la creencia en una realidad uniforme es el estándar filosófico de los discursos políticos del siglo XXI. El acercamiento a la realidad importa menos que la pluralidad ideológica, y eso ha abierto la posibilidad de que la ignorancia sea reconocida como una postura política válida.

Vivimos en un mundo que se ha cansado de la autoridad de la ciencia, y como consecuencia de ello, el compromiso social con la verdad se ha deteriorado notablemente. La sociedad posindustrial ha dejado de creer que la sabiduría sea posible. La idea de que el conocimiento es elitista o que sólo beneficia a ciertos grupos de poder se ha convertido en un pretexto demasiado común para desconocer la importancia que la ciencia tiene en la resolución de los problemas de la sociedad. Es más fácil acusar a los científicos de ser títeres de los grandes poderes del mundo que evaluar críticamente qué de verdad hay en lo que dicen.

La sociedad posindustrial ha dejado de creer que la sabiduría sea posible.

La comunidad científica es objeto de un rechazo radical que se basa más en sentimientos prejuiciosos que en argumentos racionales. Sus saberes son arrojados al aire a priori. Los descubrimientos de la ciencia han pasado a ser irrelevantes tanto para la clase política como para la opinión pública en general. La gente prefiere desconfiar de aquello que los científicos dicen para no exponerse al riesgo de que sus creencias resulten desmentidas por ellos. La verdad científica ha sido casi por completo desvalorizada y expulsada de la discusión sobre los problemas del mundo, porque el carácter unívoco de sus conclusiones no es compatible con la noción de que nada es verdadero y por lo tanto cada quien tiene derecho de creer lo que quiera.

La gente concibe la política como una elección libre entre ideologías alternativas entre sí, o como una cuestión de gustos y preferencias, sin que se tenga como objetivo fundamental la búsqueda de verdades conmensurables e integradoras. El hecho de que las opiniones políticas de las personas se producen en el campo del conocimiento espontáneo (doxa) y no en el del conocimiento reflexivo (episteme) lleva a que los supuestos de los que ellas dependen no estén directamente ligados a los avances del conocimiento universal. Las reglas de la política posverdadera y del relativismo epistemológico hacen que sea válido que las convicciones políticas se basen en juicios a priori. La gente forma sus opiniones sobre los problemas del mundo no en base a información acreditada por la ciencia sino en base a prejuicios que circulan en el discurso colectivo.

La utilización de la propaganda política como instrumento para imponerle ciertos programas de poder a la sociedad ha hecho que la frase goebbelsiana “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad” pase a formar parte del ejercicio habitual de la política. Es normal que los políticos insistan dentro de sus discursos en hacer juicios falsos sobre sí mismos o sobre la sociedad porque en el fondo están bastante seguros de que si uno es lo suficientemente insistente las mentiras terminan convirtiéndose en verdades a fuerza de repetirlas. La mentira es un recurso normal en la política contemporánea, y desde un punto de vista relativista resulta poco sencillo reprochar eso. Si la subjetividad es un criterio de verdad, entonces la mentira no existe y las falsedades en realidad deben ser vistas como verdades individuales que no pueden ser rebatidas por el saber universal.

Los discursos sobre la sociedad no sólo tienden a basarse en premisas falsas sino que también son construidos de forma defectuosa desde un punto de vista lógico. Sostienen creencias contradictorias entre sí porque sus artífices no reconocen como legítimas las reglas de congruencia, y si desde un punto de vista utilitario resulta beneficioso hacerlo entonces no hay nada que los induzca a no hacerlo. Por otro lado, la utilización de un lenguaje terriblemente simplificado que se impone a sí mismo como único recurso válido para entrar en diálogo con tales discursos limita considerablemente la capacidad de poner en evidencia sus equivocaciones o inducirlos a progresar mediante la autocrítica.

Las comunidades irracionales —aquellos grupos filosóficos en los que Popper hallaba un desapego radical respecto a la razón— además de tener un apego dogmático respecto a sus creencias, no aceptan que la argumentación y la experiencia sean necesarias para perfeccionar los saberes de la sociedad y crear un mundo mejor. Ven el debate como un ataque contra sus convicciones más profundas porque no están dispuestos a exponerlas a ninguna clase de revisión crítica. No hay evidencia que valga para hacerles reconocer que la verdad debe ser revisada continuamente respetando ciertas reglas. Son absolutamente incapaces de decir: “quizá yo me equivoco y quizá tú tienes razón”, y ese es un factor decisivo en su falta de racionalidad. Su rechazo recalcitrante a la actitud racionalista hacia el saber (autocrítica, argumentación, experimentación) hace que sea imposible invitarlos a actuar de otro modo y progresar en sus ideas.

La mentalidad irracionalista conduce a ver el mundo como resultado de la acción de las emociones humanas, y esto es problemático desde el punto de vista de que para crear una sociedad mejor es imprescindible acudir a los poderes de la razón y el juicio. Los grandes problemas del mundo (pobreza, guerra, desigualdad, violencia social) deben ser pensados con frialdad y objetividad para ser resueltos. La historia de la humanidad demuestra que más cosas se han logrado gracias a la inteligencia y a la acción humana guiada por la racionalidad que gracias a acciones impulsivas o irracionales. Siempre que se dice que la violencia es un motor legítimo de cambio (‘la violencia es la partera de la historia’) se está haciendo un alegato a favor de dar a la fuerza bruta un lugar más importante que a la razón en la transformación del mundo.

El irracionalismo y la política relativista que se desprende de él siempre conducirán a puntos de vista anti igualitarios y partidarios de la violencia. La lógica amigo-enemigo que caracteriza a la política moderna tiene ante todo un origen emocional porque la rivalidad y las relaciones adversariales tienen un origen emocional. El abandono de la razón es lo que conduce a ver la humanidad como dividida en naciones, clases y razas en conflicto entre las cuales es imposible tender lazos de solidaridad e identificación. La política racionalista necesariamente se basa en el humanitarismo, mientras que la política irracionalista se inspira en emociones como la ira y el resentimiento.

La actitud racionalista es el único medio a través del cual se puede hacer frente al irracionalismo de la política contemporánea. Mientras para la cultura política basada en el irracionalismo los argumentos del otro no valen nada y no merecen ser escuchados por estar reñidos con el imaginario que uno defiende, en la cultura política racionalista el diálogo y la humildad son imprescindibles. No es admisible rechazar la posibilidad de que uno puede estar equivocado y es una obligación moral permanecer abierto a nuevas ideas. Nadie es dueño de la verdad y esto es aún más cierto si se tiene en cuenta que la argumentación es indispensable para el acercamiento a la verdad, y tiene al diálogo con el otro como condición necesaria.

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